Pueden ver las fotos como se publicaron en http://lamparadediogenes.blogspot.mx/2007/08/pon-mxico-en-tu-boca-de-dientes-para.html
viernes, 23 de marzo de 2012
La lucha por el maíz
25 de junio de 2007. El zócalo. "Luchita" pide que se siembre maíz en donde se pueda. Si es necesario ¡en los camellones!
jueves, 5 de enero de 2012
jueves, 22 de diciembre de 2011
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Insisto, soy la mas afortunada del mundo por tener a tal mujer por mam'a y.... me asusta un poco la responsabilidad de traer sus genes!
Maril'u
jueves, 1 de diciembre de 2011
La resaca norteamericana
Project Syndicate / Naomi Wolf 2011-11-30
NUEVA YORK – A medida que la agitación acecha a los mercados financieros de Estados Unidos y las protestas inundan sus calles, las elecciones de estilo de vida de los norteamericanos están evolucionando de una manera reveladora. En otro momento, el resto del mundo veía a Estados Unidos como un adolescente exuberante -el extrovertido del planeta, exportador de rock and roll y de películas llamativas de Hollywood-. Hoy los norteamericanos se están volviendo decididamente retraídos, o al menos introspectivos. Las tendencias en materia de ocio reflejan ese cambio: la frugalidad y el ingeniárselas para hacer cosas están de moda; el consumismo ostentoso se volvió demodé.
Este cambio se debe a la economía frágil, por supuesto, pero creo que también es psicológico. Después de dos guerras y media docena de conflictos no declarados en la pasada década, Estados Unidos entró en un período de hibernación cultural sin precedentes.
En los últimos tiempos, la jardinería, la creación de álbumes de recortes, el tejido y la cocina son actividades que se volvieron obscenamente chic. En los barrios urbanos adonde se están mudando los jóvenes modernos, las huertas citadinas y los tomates de herencia cultivados en macetas en las ventanas reemplazaron a los Lexus y los Prius.
Otros jóvenes a la moda se han trasladado más lejos, al interior del país, en busca de una nueva fantasía narrativa idílica. La pareja joven -él con barba y ella con un solero y botas de goma- vive en una granja en el Valle del Río Hudson con una bandada de pollos, o en Nueva México en una casa de paja ecológica. Ellos han reemplazado a la pareja joven de hace cinco años -él con el fondo de cobertura; ella con decoradores de interiores- en una McMansión en Westchester County.
Las secciones de comida de los periódicos urbanos que, hace cinco años, se habrían ocupado de la última cocina fusión, ahora publican perfiles fantasiosos del graduado de la Ivy League que se bajó del sistema y le fue bien lanzando una línea de pepinillos caseros. Los mercados de agricultores, las cocinas a leña, los paneles solares y las tiendas de suministros agrícolas Agway son el nuevo foco de los sueños y aspiraciones de aquellas personas que, hasta no hace mucho, estaban inmersas en un crédito sin límite, consumiendo marcas de lujo puestas al alcance de la clase media y fantaseando con el tipo de vida que mostraban las revistas de moda.
Hasta las tramas de Hollywood hoy se hacen eco del deseo de escapar a una "vida más simple", con su aversión por la riqueza excesiva y la indulgencia. En el filme de inminente estreno "We Bought a Zoo" (Compramos un zoológico), un padre soltero cura a su familia mudándose al campo y viviendo en una granja con una colección de animales salvajes -una casa humilde y vistas naturales espectaculares garantizan un ambiente redentor para la vida doméstica.
Otros filmes muestran el exceso como algo nauseabundo. El éxito de taquilla "The Hangover Part II" (¿Qué pasó ayer? Parte II) muestra a tres amigos jóvenes en una noche de juerga en Tailandia, en la que son libres de satisfacer todos sus apetitos -desde trabajadoras del sexo transexuales hasta drogas y caos de todo tipo-. Sin embargo, al final, el personaje principal expresa su deseo de casarse, tener una familia y llevar la vida tranquila de un dentista. En una trama paralela destinada a las mujeres, la película "Bridesmaids" (La boda de mi mejor amiga) muestra a una futura esposa que está a punto de conseguirlo "todo" -en la persona de un novio aburrido pero extremadamente rico-, pero que huye del exceso que la rodea y se escapa a su humilde departamento.
Después de los rescates bancarios, los escándalos financieros del tipo de Bernard Madoff y una burbuja inmobiliaria que dejó a los norteamericanos a la buena de Dios, es como si el inconsciente colectivo estuviera redefiniendo la vida en yates y canchas de golf cuidadas a la perfección como algo de mal gusto, mientras que la simplicidad ahorrativa y muchas veces rural se proyecta como un alivio virtuosamente depurador. No sorprende que la última vez que la cultura norteamericana experimentó una revocación de la iconografía de estas características haya sido durante la Gran Depresión, cuando películas como "The Grapes of Wrath" (Las uvas de la ira) mostraban la simplicidad racional -en contraste con la corrupción de las elites adineradas- como una virtud reluciente. ("Cuando haya un policía golpeando a un hombre, estaré allí… donde la gente coma lo que cultiva y viva en las casas que construye, también estaré allí", como dijo Tom Joad).
En 1980, Ronald Reagan aseguró que "amanece en Estados Unidos", pero hoy en Estados Unidos es la mañana siguiente. Esta tendencia hacia una fantasía colectiva, alimentada a energía solar, de estar fuera del sistema, comer lo que se cultiva y desplazarse en bicicleta es inevitable: a los norteamericanos se les inyectó la ilusión de que cuanto más consumieran más felices serían, y en cambio se quedaron con una pila de deuda. Se les pidió que admiraran a la parte superior de la pirámide de ingresos, para descubrir que lo que estaban mirando, en realidad, era un esquema de pirámide.
En consecuencia, no sorprende que una persona chic obsesionada por la supervivencia ante una futura catástrofe se haya convertido en la versión moderna del chic radical y comunitario de los años 1960. Los norteamericanos han perdido la fe en aquellos que, en los tiempos del apogeo, susurraban "Confíen en nosotros". El nuevo sueño americano -una bandada de pollos y un frasco de pepinillos- representa la percepción de que los únicos en quienes los norteamericanos pueden confiar en una crisis es en ellos mismos.
Naomi Wolf es una activista política y crítica social cuyo libro más reciente es Give Me Liberty: A Handbook for American Revolutionaries.
NUEVA YORK – A medida que la agitación acecha a los mercados financieros de Estados Unidos y las protestas inundan sus calles, las elecciones de estilo de vida de los norteamericanos están evolucionando de una manera reveladora. En otro momento, el resto del mundo veía a Estados Unidos como un adolescente exuberante -el extrovertido del planeta, exportador de rock and roll y de películas llamativas de Hollywood-. Hoy los norteamericanos se están volviendo decididamente retraídos, o al menos introspectivos. Las tendencias en materia de ocio reflejan ese cambio: la frugalidad y el ingeniárselas para hacer cosas están de moda; el consumismo ostentoso se volvió demodé.
Este cambio se debe a la economía frágil, por supuesto, pero creo que también es psicológico. Después de dos guerras y media docena de conflictos no declarados en la pasada década, Estados Unidos entró en un período de hibernación cultural sin precedentes.
En los últimos tiempos, la jardinería, la creación de álbumes de recortes, el tejido y la cocina son actividades que se volvieron obscenamente chic. En los barrios urbanos adonde se están mudando los jóvenes modernos, las huertas citadinas y los tomates de herencia cultivados en macetas en las ventanas reemplazaron a los Lexus y los Prius.
Otros jóvenes a la moda se han trasladado más lejos, al interior del país, en busca de una nueva fantasía narrativa idílica. La pareja joven -él con barba y ella con un solero y botas de goma- vive en una granja en el Valle del Río Hudson con una bandada de pollos, o en Nueva México en una casa de paja ecológica. Ellos han reemplazado a la pareja joven de hace cinco años -él con el fondo de cobertura; ella con decoradores de interiores- en una McMansión en Westchester County.
Las secciones de comida de los periódicos urbanos que, hace cinco años, se habrían ocupado de la última cocina fusión, ahora publican perfiles fantasiosos del graduado de la Ivy League que se bajó del sistema y le fue bien lanzando una línea de pepinillos caseros. Los mercados de agricultores, las cocinas a leña, los paneles solares y las tiendas de suministros agrícolas Agway son el nuevo foco de los sueños y aspiraciones de aquellas personas que, hasta no hace mucho, estaban inmersas en un crédito sin límite, consumiendo marcas de lujo puestas al alcance de la clase media y fantaseando con el tipo de vida que mostraban las revistas de moda.
Hasta las tramas de Hollywood hoy se hacen eco del deseo de escapar a una "vida más simple", con su aversión por la riqueza excesiva y la indulgencia. En el filme de inminente estreno "We Bought a Zoo" (Compramos un zoológico), un padre soltero cura a su familia mudándose al campo y viviendo en una granja con una colección de animales salvajes -una casa humilde y vistas naturales espectaculares garantizan un ambiente redentor para la vida doméstica.
Otros filmes muestran el exceso como algo nauseabundo. El éxito de taquilla "The Hangover Part II" (¿Qué pasó ayer? Parte II) muestra a tres amigos jóvenes en una noche de juerga en Tailandia, en la que son libres de satisfacer todos sus apetitos -desde trabajadoras del sexo transexuales hasta drogas y caos de todo tipo-. Sin embargo, al final, el personaje principal expresa su deseo de casarse, tener una familia y llevar la vida tranquila de un dentista. En una trama paralela destinada a las mujeres, la película "Bridesmaids" (La boda de mi mejor amiga) muestra a una futura esposa que está a punto de conseguirlo "todo" -en la persona de un novio aburrido pero extremadamente rico-, pero que huye del exceso que la rodea y se escapa a su humilde departamento.
Después de los rescates bancarios, los escándalos financieros del tipo de Bernard Madoff y una burbuja inmobiliaria que dejó a los norteamericanos a la buena de Dios, es como si el inconsciente colectivo estuviera redefiniendo la vida en yates y canchas de golf cuidadas a la perfección como algo de mal gusto, mientras que la simplicidad ahorrativa y muchas veces rural se proyecta como un alivio virtuosamente depurador. No sorprende que la última vez que la cultura norteamericana experimentó una revocación de la iconografía de estas características haya sido durante la Gran Depresión, cuando películas como "The Grapes of Wrath" (Las uvas de la ira) mostraban la simplicidad racional -en contraste con la corrupción de las elites adineradas- como una virtud reluciente. ("Cuando haya un policía golpeando a un hombre, estaré allí… donde la gente coma lo que cultiva y viva en las casas que construye, también estaré allí", como dijo Tom Joad).
En 1980, Ronald Reagan aseguró que "amanece en Estados Unidos", pero hoy en Estados Unidos es la mañana siguiente. Esta tendencia hacia una fantasía colectiva, alimentada a energía solar, de estar fuera del sistema, comer lo que se cultiva y desplazarse en bicicleta es inevitable: a los norteamericanos se les inyectó la ilusión de que cuanto más consumieran más felices serían, y en cambio se quedaron con una pila de deuda. Se les pidió que admiraran a la parte superior de la pirámide de ingresos, para descubrir que lo que estaban mirando, en realidad, era un esquema de pirámide.
En consecuencia, no sorprende que una persona chic obsesionada por la supervivencia ante una futura catástrofe se haya convertido en la versión moderna del chic radical y comunitario de los años 1960. Los norteamericanos han perdido la fe en aquellos que, en los tiempos del apogeo, susurraban "Confíen en nosotros". El nuevo sueño americano -una bandada de pollos y un frasco de pepinillos- representa la percepción de que los únicos en quienes los norteamericanos pueden confiar en una crisis es en ellos mismos.
Naomi Wolf es una activista política y crítica social cuyo libro más reciente es Give Me Liberty: A Handbook for American Revolutionaries.
martes, 8 de noviembre de 2011
La globalización de la protesta
Joseph E. Stiglitz
Project Syndicate, 2011-11-04
NUEVA YORK – El movimiento de protesta que nació en enero en Túnez, para luego extenderse a Egipto y de allí a España, ya es global: la marea de protestas llegó a Wall Street y a diversas ciudades de Estados Unidos. La globalización y la tecnología moderna ahora permiten a los movimientos sociales trascender las fronteras tan velozmente como las ideas. Y la protesta social halló en todas partes terreno fértil: hay una sensación de que el “sistema” fracasó, sumada a la convicción de que, incluso en una democracia, el proceso electoral no resuelve las cosas, o por lo menos, no las resuelve si no hay de por medio una fuerte presión en las calles.
En mayo visité el escenario de las protestas tunecinas; en julio, hablé con los indignados españoles; de allí partí para reunirme con los jóvenes revolucionarios egipcios en la plaza Tahrir de El Cairo; y hace unas pocas semanas, conversé en Nueva York con los manifestantes del movimiento Ocupar Wall Street. Hay una misma idea que se repite en todos los casos, y que el movimiento OWS expresa en una frase muy sencilla: “Somos el 99%”.
Este eslogan remite al título de un artículo que publiqué hace poco. El artículo se titula “Del 1%, por el 1% y para el 1%”, y en él describo el enorme aumento de la desigualdad en los Estados Unidos: el 1% de la población controla más del 40% de la riqueza y recibe más del 20% de los ingresos. Y los miembros de este selecto estrato no siempre reciben estas generosas gratificaciones porque hayan contribuido más a la sociedad (esta justificación de la desigualdad quedó totalmente vaciada de sentido a la vista de las bonificaciones y de los rescates); sino que a menudo las reciben porque, hablando mal y pronto, son exitosos (y en ocasiones corruptos) buscadores de rentas.
No voy a negar que dentro de ese 1% hay algunas personas que dieron mucho de sí. De hecho, los beneficios sociales de muchas innovaciones reales (por contraposición a los novedosos “productos” financieros que terminaron provocando un desastre en la economía mundial) suelen superar con creces lo que reciben por ellas sus creadores.
Pero, en todo el mundo, la influencia política y las prácticas anticompetitivas (que a menudo se sostienen gracias a la política) fueron un factor central del aumento de la desigualdad económica. Una tendencia reforzada por sistemas tributarios en los que un multimillonario como Warren Buffett paga menos impuestos que su secretaria (como porcentaje de sus respectivos ingresos) o donde los especuladores que contribuyeron a colapsar la economía global tributan a tasas menores que quienes ganan sus ingresos trabajando.
Se han publicado en estos últimos años diversas investigaciones que muestran lo importantes que son las ideas de justicia y lo arraigadas que están en las personas. Los manifestantes de España y de otros países tienen derecho a estar indignados: tenemos un sistema donde a los banqueros se los rescató, y a sus víctimas se las abandonó para que se las arreglen como puedan. Para peor, los banqueros están otra vez en sus escritorios, ganando bonificaciones que superan lo que la mayoría de los trabajadores esperan ganar en toda una vida, mientras que muchos jóvenes que estudiaron con esfuerzo y respetaron todas las reglas ahora están sin perspectivas de encontrar un empleo gratificante.
El aumento de la desigualdad es producto de una espiral viciosa: los ricos rentistas usan su riqueza para impulsar leyes que protegen y aumentan su riqueza (y su influencia). En la famosa sentencia del caso Citizens United, la Corte Suprema de los Estados Unidos dio a las corporaciones rienda suelta para influir con su dinero en el rumbo de la política. Pero mientras los ricos pueden usar sus fortunas para hacer oír sus opiniones, en la protesta callejera la policía no me dejó usar un megáfono para dirigirme a los manifestantes del OWS.
A nadie se le escapó este contraste: por un lado, una democracia hiperregulada, por el otro, la banca desregulada. Pero los manifestantes son ingeniosos: para que todos pudieran oírme, la multitud repetía lo que yo decía; y para no interrumpir con aplausos este “diálogo”, expresaban su acuerdo haciendo gestos elocuentes con las manos.
Tienen razón los manifestantes cuando dicen que algo está mal en nuestro “sistema”. En todas partes del mundo tenemos recursos subutilizados (personas que desean trabajar, máquinas ociosas, edificios vacíos) y enormes necesidades insatisfechas: combatir la pobreza, fomentar el desarrollo, readaptar la economía para enfrentar el calentamiento global (y esta lista es incompleta). En los Estados Unidos, en los últimos años se ejecutaron más de siete millones de hipotecas, y ahora tenemos hogares vacíos y personas sin hogar.
Una crítica que se les hace a los manifestantes es que no tienen un programa. Pero eso supone olvidar cuál es el sentido de los movimientos de protesta. Son ellos una expresión de frustración con el proceso electoral. Son una alarma.
Las protestas globalifóbicas de 1999 en Seattle, en lo que estaba previsto como la inauguración de una nueva ronda de conversaciones comerciales, llamaron la atención sobre las fallas de la globalización y de las instituciones y los acuerdos internacionales que la gobiernan. Cuando los medios de prensa examinaron los reclamos de los manifestantes, vieron que contenían mucho más que una pizca de verdad. Las negociaciones comerciales subsiguientes fueron diferentes (al menos en principio, se dio por sentado que serían una ronda de desarrollo y que buscarían compensar algunas de las deficiencias señaladas por los manifestantes) y el Fondo Monetario Internacional encaró después de eso algunas reformas significativas.
Es similar a lo que ocurrió en la década de 1960, cuando en Estados Unidos los manifestantes por los derechos civiles llamaron la atención sobre un racismo omnipresente e institucionalizado en la sociedad estadounidense. Aunque todavía no nos hemos librado de esa herencia, la elección del presidente Barack Obama muestra hasta qué punto esas protestas fueron capaces de cambiar a los Estados Unidos.
En un nivel básico, los manifestantes actuales piden muy poco: oportunidades para emplear sus habilidades, el derecho a un trabajo decente a cambio de un salario decente, una economía y una sociedad más justas. Sus esperanzas son evolucionarias, no revolucionarias. Pero en un nivel más amplio, están pidiendo mucho: una democracia donde lo que importe sean las personas en vez del dinero, y un mercado que cumpla con lo que se espera de él.
Ambos objetivos están vinculados: ya hemos visto cómo la desregulación de los mercados lleva a crisis económicas y políticas. Los mercados solo funcionan como es debido cuando lo hacen dentro de un marco adecuado de regulaciones públicas; y ese marco solamente puede construirse en una democracia que refleje los intereses de todos, no los intereses del 1%. El mejor gobierno que el dinero puede comprar ya no es suficiente.
Joseph E. Stiglitz es profesor de la Universidad de Columbia, premio Nobel de Economía y autor del libro Caída libre: Estados Unidos, el libre mercado y el hundimiento de la economía mundial.
Dia de muertos en Baylor
Son del 2 de noviembre, día de los muertos, en Houston, a la entrada de Baylor, la escuela de medicina en donde está Martín.
Salen el y una de sus compañeras mexicanas en la escuela de medicina.
El doctor DeBakey quien estaba operando hasta los 90 y tantos años “…fue uno de los primeros en llevar a cabo cirugia coronary artery bypass y en 1953 llevo a cabo la primer endarterectomía de la carótida. Fue un pionero en el desarrollo del corazón artificial y el primero en utilizar exitosamente una bomba de corazón externa en un paciente,”
Salen el y una de sus compañeras mexicanas en la escuela de medicina.
El doctor DeBakey quien estaba operando hasta los 90 y tantos años “…fue uno de los primeros en llevar a cabo cirugia coronary artery bypass y en 1953 llevo a cabo la primer endarterectomía de la carótida. Fue un pionero en el desarrollo del corazón artificial y el primero en utilizar exitosamente una bomba de corazón externa en un paciente,”
sábado, 29 de octubre de 2011
Padre Chucho y Sicilia
Sent: Monday, October 03, 2011 10:58 AM
To: todos todos
¿ Se les hacen conocidos? Un saludo. Kika
No había visto esta foto. El padre Chucho se ve exultante. Qué belleza de gente! Le hacen a uno tener esperanza. Gracias Kikita.
Marilú
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