sábado, 26 de junio de 2010

David y Naya por el mundo

Queridos todos,

Naya y yo empezamos un blog de nuestros viajes (algun dia sera apropiada la plural). Aqui se encuentra la obra en proceso: http://davidandnayaaroundtheworld.wordpress.com/
Al momento es monolingue, pero si me prometen no burlarse de mi gramatica y uso del idioma, la traducire a la brevedad posible.

Saludos!

sábado, 19 de junio de 2010

Abuelita con nietos crecidos


San Andrés, Mayo 2010

domingo, 16 de mayo de 2010

Cuernavaca, Mayo de 2010


Nur Bojórquez, de un mes y cinco días de edad.
Nur significa "Luz"

viernes, 16 de abril de 2010

Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo

HANS KÜNG / ELPAIS.com,

Estimados obispos,

Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, y yo fuimos entre 1962 1965 los dos teólogos más jóvenes del concilio. Ahora, ambos somos los más ancianos y los únicos que siguen plenamente en activo. Yo siempre he entendido también mi labor teológica como un servicio a la Iglesia. Por eso, preocupado por esta nuestra Iglesia, sumida en la crisis de confianza más profunda desde la Reforma, os dirijo una carta abierta en el quinto aniversario del acceso al pontificado de Benedicto XVI. No tengo otra posibilidad de llegar a vosotros.

Aprecié mucho que el papa Benedicto, al poco de su elección, me invitara a mí, su crítico, a una conversación de cuatro horas, que discurrió amistosamente. En aquel momento, eso me hizo concebir la esperanza de que Joseph Ratzinger, mi antiguo colega en la Universidad de Tubinga, encontrara a pesar de todo el camino hacia una mayor renovación de la Iglesia y el entendimiento ecuménico en el espíritu del Concilio Vaticano II.

Mis esperanzas, y las de tantos católicos y católicas comprometidos, desgraciadamente no se han cumplido, cosa que he hecho saber al papa Benedicto de diversas formas en nuestra correspondencia. Sin duda, ha cumplido concienzudamente sus cotidianas obligaciones papales y nos ha obsequiado con tres útiles encíclicas sobre la fe, la esperanza y el amor. Pero en lo tocante a los grandes desafíos de nuestro tiempo, su pontificado se presenta cada vez más como el de las oportunidades desperdiciadas, no como el de las ocasiones aprovechadas:

- Se ha desperdiciado la oportunidad de un entendimiento perdurable con los judíos: el Papa reintroduce la plegaria preconciliar en la que se pide por la iluminación de los judíos y readmite en la Iglesia a obispos cismáticos notoriamente antisemitas, impulsa la beatificación de Pío XII y sólo se toma en serio al judaísmo como raíz histórica del cristianismo, no como una comunidad de fe que perdura y que tiene un camino propio hacia la salvación. Los judíos de todo el mundo se han indignado con el predicador pontificio en la liturgia papal del Viernes Santo, en la que comparó las críticas al Papa con la persecución antisemita.

- Se ha desperdiciado la oportunidad de un diálogo en confianza con los musulmanes; es sintomático el discurso de Benedicto en Ratisbona, en el que, mal aconsejado, caricaturizó al islam como la religión de la violencia y la inhumanidad, atrayéndose así la duradera desconfianza de los musulmanes.

- Se ha desperdiciado la oportunidad de la reconciliación con los pueblos nativos colonizados de Latinoamérica: el Papa afirma con toda seriedad que estos "anhelaban" la religión de sus conquistadores europeos.

- Se ha desperdiciado la oportunidad de ayudar a los pueblos africanos en la lucha contra la superpoblación, aprobando los métodos anticonceptivos, y en la lucha contra el sida, admitiendo el uso de preservativos.

- Se ha desperdiciado la oportunidad de concluir la paz con las ciencias modernas: reconociendo inequívocamente la teoría de la evolución y aprobando de forma diferenciada nuevos ámbitos de investigación, como el de las células madre.

- Se ha desperdiciado la oportunidad de que también el Vaticano haga, finalmente, del espíritu del Concilio Vaticano II la brújula de la Iglesia católica, impulsando sus reformas.

Este último punto, estimados obispos, es especialmente grave. Una y otra vez, este Papa relativiza los textos conciliares y los interpreta de forma retrógrada contra el espíritu de los padres del concilio. Incluso se sitúa expresamente contra el concilio ecuménico, que según el derecho canónico representa la autoridad suprema de la Iglesia católica:

- Ha readmitido sin condiciones en la Iglesia a los obispos de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, ordenados ilegalmente fuera de la Iglesia católica y que rechazan el concilio en aspectos centrales.

- Apoya con todos los medios la misa medieval tridentina y él mismo celebra ocasionalmente la eucaristía en latín y de espaldas a los fieles.

- No lleva a efecto el entendimiento con la Iglesia anglicana, firmado en documentos ecuménicos oficiales (ARCIC), sino que intenta atraer a la Iglesia católico-romana a sacerdotes anglicanos casados renunciando a aplicarles el voto de celibato.

- Ha reforzado los poderes eclesiales contrarios al concilio con el nombramiento de altos cargos anticonciliares (en la Secretaría de Estado y en la Congregación para la Liturgia, entre otros) y obispos reaccionarios en todo el mundo.

El Papa Benedicto XVI parece alejarse cada vez más de la gran mayoría del pueblo de la Iglesia, que de todas formas se ocupa cada vez menos de Roma y que, en el mejor de los casos, aún se identifica con su parroquia y sus obispos locales.

Sé que algunos de vosotros padecéis por el hecho de que el Papa se vea plenamente respaldado por la curia romana en su política anticonciliar. Esta intenta sofocar la crítica en el episcopado y en la Iglesia y desacreditar por todos los medios a los críticos. Con una renovada exhibición de pompa barroca y manifestaciones efectistas cara a los medios de comunicación, Roma trata de exhibir una Iglesia fuerte con un "representante de Cristo" absolutista, que reúne en su mano los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo, la política de restauración de Benedicto ha fracasado. Todas sus apariciones públicas, viajes y documentos no son capaces de modificar en el sentido de la doctrina romana la postura de la mayoría de los católicos en cuestiones controvertidas, especialmente en materia de moral sexual. Ni siquiera los encuentros papales con la juventud, a los que asisten sobre todo agrupaciones conservadoras carismáticas, pueden frenar los abandonos de la Iglesia ni despertar más vocaciones sacerdotales.

Precisamente vosotros, como obispos, lo lamentaréis en lo más profundo: desde el concilio, decenas de miles de obispos han abandonado su vocación, sobre todo debido a la ley del celibato. La renovación sacerdotal, aunque también la de miembros de las órdenes, de hermanas y hermanos laicos, ha caído tanto cuantitativa como cualitativamente. La resignación y la frustración se extienden en el clero, precisamente entre los miembros más activos de la Iglesia. Muchos se sienten abandonados en sus necesidades y sufren por la Iglesia. Puede que ese sea el caso en muchas de vuestras diócesis: cada vez más iglesias, seminarios y parroquias vacíos. En algunos países, debido a la carencia de sacerdotes, se finge una reforma eclesial y las parroquias se refunden, a menudo en contra de su voluntad, constituyendo gigantescas "unidades pastorales" en las que los escasos sacerdotes están completamente desbordados.

Y ahora, a las muchas tendencias de crisis todavía se añaden escándalos que claman al cielo: sobre todo el abuso de miles de niños y jóvenes por clérigos -en Estados Unidos, Irlanda, Alemania y otros países- ligado todo ello a una crisis de liderazgo y confianza sin precedentes. No puede silenciarse que el sistema de ocultamiento puesto en vigor en todo el mundo ante los delitos sexuales de los clérigos fue dirigido por la Congregación para la Fe romana del cardenal Ratzinger (1981-2005), en la que ya bajo Juan Pablo II se recopilaron los casos bajo el más estricto secreto. Todavía el 18 de mayo de 2001, Ratzinger enviaba un escrito solemne sobre los delitos más graves (Epistula de delitos gravioribus) a todos los obispos. En ella, los casos de abusos se situaban bajo el secretum pontificium, cuya vulneración puede atraer severas penas canónicas. Con razón, pues, son muchos los que exigen al entonces prefecto y ahora Papa un mea culpa personal. Sin embargo, en Semana Santa ha perdido la ocasión de hacerlo. En vez de ello, el Domingo de Ramos movió al decano del colegio cardenalicio a levantar urbi et orbe testimonio de su inocencia.

Las consecuencias de todos estos escándalos para la reputación de la Iglesia católica son devastadoras. Esto es algo que también confirman ya dignatarios de alto rango. Innumerables curas y educadores de jóvenes sin tacha y sumamente comprometidos padecen bajo una sospecha general. Vosotros, estimados obispos, debéis plantearos la pregunta de cómo habrán de ser en el futuro las cosas en nuestra Iglesia y en vuestras diócesis. Sin embargo, no querría bosquejaros un programa de reforma; eso ya lo he hecho en repetidas ocasiones, antes y después del concilio. Sólo querría plantearos seis propuestas que, es mi convicción, serán respaldadas por millones de católicos que carecen de voz.

1. No callar: en vista de tantas y tan graves irregularidades, el silencio os hace cómplices. Allí donde consideréis que determinadas leyes, disposiciones y medidas son contraproducentes, deberíais, por el contrario, expresarlo con la mayor franqueza. ¡No enviéis a Roma declaraciones de sumisión, sino demandas de reforma!

2. Acometer reformas: en la Iglesia y en el episcopado son muchos los que se quejan de Roma, sin que ellos mismos hagan algo. Pero hoy, cuando en una diócesis o parroquia no se acude a misa, la labor pastoral es ineficaz, la apertura a las necesidades del mundo limitada, o la cooperación mínima, la culpa no puede descargarse sin más sobre Roma. Obispo, sacerdote o laico, todos y cada uno han de hacer algo para la renovación de la Iglesia en su ámbito vital, sea mayor o menor. Muchas grandes cosas en las parroquias y en la Iglesia entera se han puesto en marcha gracias a la iniciativa de individuos o de grupos pequeños. Como obispos, debéis apoyar y alentar tales iniciativas y atender, ahora mismo, las quejas justificadas de los fieles.

3. Actuar colegiadamente: tras un vivo debate y contra la sostenida oposición de la curia, el concilio decretó la colegialidad del Papa y los obispos en el sentido de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro tampoco actuaba sin el colegio apostólico. Sin embargo, en la época posconciliar los papas y la curia han ignorado esta decisión central del concilio. Desde que el papa Pablo VI, ya a los dos años del concilio, publicara una encíclica para la defensa de la discutida ley del celibato, volvió a ejercerse la doctrina y la política papal al antiguo estilo, no colegiado. Incluso hasta en la liturgia se presenta el Papa como autócrata, frente al que los obispos, de los que gusta rodearse, aparecen como comparsas sin voz ni voto. Por tanto, no deberíais, estimados obispos, actuar solo como individuos, sino en comunidad con los demás obispos, con los sacerdotes y con el pueblo de la Iglesia, hombres y mujeres.

4. La obediencia ilimitada sólo se debe a Dios: todos vosotros, en la solemne consagración episcopal, habéis prestado ante el Papa un voto de obediencia ilimitada. Pero sabéis igualmente que jamás se debe obediencia ilimitada a una autoridad humana, solo a Dios. Por tanto, vuestro voto no os impide decir la verdad sobre la actual crisis de la Iglesia, de vuestra diócesis y de vuestros países. ¡Siguiendo en todo el ejemplo del apóstol Pablo, que se enfrentó a Pedro y tuvo que "decirle en la cara que actuaba de forma condenable" (Gal 2, 11)! Una presión sobre las autoridades romanas en el espíritu de la hermandad cristiana puede ser legítima cuando estas no concuerden con el espíritu del Evangelio y su mensaje. La utilización del lenguaje vernáculo en la liturgia, la modificación de las disposiciones sobre los matrimonios mixtos, la afirmación de la tolerancia, la democracia, los derechos humanos, el entendimiento ecuménico y tantas otras cosas sólo se han alcanzado por la tenaz presión desde abajo.

5. Aspirar a soluciones regionales: es frecuente que el Vaticano haga oídos sordos a demandas justificadas del episcopado, de los sacerdotes y de los laicos. Con tanta mayor razón se debe aspirar a conseguir de forma inteligente soluciones regionales. Un problema especialmente espinoso, como sabéis, es la ley del celibato, proveniente de la Edad Media y que se está cuestionando con razón en todo el mundo precisamente en el contexto de los escándalos por abusos sexuales. Una modificación en contra de la voluntad de Roma parece prácticamente imposible. Sin embargo, esto no nos condena a la pasividad: un sacerdote que tras madura reflexión piense en casarse no tiene que renunciar automáticamente a su estado si el obispo y la comunidad le apoyan. Algunas conferencias episcopales podrían proceder con una solución regional, aunque sería mejor aspirar a una solución para la Iglesia en su conjunto. Por tanto:

6. Exigir un concilio: así como se requirió un concilio ecuménico para la realización de la reforma litúrgica, la libertad de religión, el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo mismo ocurre en cuanto a solucionar el problema de la reforma, que ha irrumpido ahora de forma dramática. El concilio reformista de Constanza en el siglo previo a la Reforma acordó la celebración de concilios cada cinco años, disposición que, sin embargo, burló la curia romana. Sin duda, esta hará ahora cuanto pueda para impedir un concilio del que debe temer una limitación de su poder. En todos vosotros está la responsabilidad de imponer un concilio o al menos un sínodo episcopal representativo.

La apelación que os dirijo en vista de esta Iglesia en crisis, estimados obispos, es que pongáis en la balanza la autoridad episcopal, revalorizada por el concilio. En esta situación de necesidad, los ojos del mundo están puestos en vosotros. Innúmeras personas han perdido la confianza en la Iglesia católica. Para recuperarla sólo valdrá abordar de forma franca y honrada los problemas y las reformas consecuentes. Os pido, con todo el respeto, que contribuyáis con lo que os corresponda, cuando sea posible en cooperación con el resto de los obispos; pero, si es necesario, también en solitario, con "valentía" apostólica (Hechos 4, 29-31). Dad a vuestros fieles signos de esperanza y aliento y a nuestra iglesia una perspectiva.

Os saluda, en la comunión de la fe cristiana, Hans Küng.

Traducción: Jesús Alborés Rey

Hans Küng es catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga (Alemania) y presidente de Global Ethic.

jueves, 8 de abril de 2010

La banda de marchar de Martín


7 abr, 16:36
De: "Duncan Marilu"
Asunto: La banda de marchar de Martín

Son cuates de la banda de marchar de Stanford (amiguísimos de Martín) con el vicepres. de EEUU anoche, en el campeonato nacional de basquetbol para mujeres..... perdió Stanford snif!
Marilú

lunes, 5 de abril de 2010

gabi-goldi


De: carmen chapela ...@yahoo.com.mx>
Fecha: Fri, 2 Apr 2010 07:43:25 -0700 (PDT)
Asunto: gabi-goldi

ayer estuvimos en el parque Gabi, Goldi y yo. Les comparto foto. TATA

viernes, 26 de marzo de 2010

La nación de los bandidos

Lorenzo Meyer. Reforma
25 Mar. 10

Viendo el incremento exponencial de la inseguridad y los remedios que
intenta el gobierno, pareciera que México volvió al Siglo XIX

De regreso
Nadie debería sentirse aludido por el encabezado de esta columna; se trata del título de un libro cuyo subtítulo es: Una historia de forajidos y de lucha cultural en México, 1810-1920 de Chris Frazer (Bandit nation. A history of outlaws and cultural struggle in Mexico, 1810-1920, University of Nebraska Press, 2006). Lo interesante de la obra, además de datos e interpretaciones, es que, pese a sus errores al transcribir nombres en español, nos permite discutir hasta qué punto el auge actual del crimen organizado significa un retorno a la condición que el país tuvo durante un largo periodo del Siglo XIX.

La falla de origen
Al perecer la Nueva España y nacer México, el problema político central fue recuperar la unidad y construir el sentido nacional. En 1821 México era una sociedad rural que si bien compartía la religión y en menor medida la lengua y los valores, las relaciones entre sus miembros provenían del viejo régimen colonial y eran de explotación, lo que había resultado en una distribución muy inequitativa de la propiedad, la riqueza, los privilegios y el poder político. En una situación tan poco propicia para construir una nación no tardó en cristalizar una profunda división entre las élites. Esa división se ahondó hasta desembocar en una lucha civil sin cuartel -la Guerra de Reforma- que retardó el dar forma a una estructura política adecuada. Todo lo anterior terminó por ser un caldo de cultivo ideal para uno de los males de la época: el bandidaje. Frazer ahonda en tres aspectos del bandolerismo rural y del crimen urbano en el México independiente. El primero es que, y sin importar su ideología, las élites vieron a las clases populares como una masa enemiga controlable básicamente por la fuerza, pues consideraban que su conducta criminal parte de su naturaleza. El segundo es que esas clases populares vieron con frecuencia a los bandidos como ejemplos a seguir, por su arrojo, sus formas y estilos ostentosos -"Los plateados" de Morelos, por ejemplo- y su desafío a un orden social corrupto e injusto. El tercero, y aquí Frazer se desenvuelve bien, son las imágenes que sobre México y lo mexicano difundieron los viajeros anglosajones. Esa visión de México, básicamente negativa, se armó a partir de una supuesta superioridad moral, intelectual y racial de lo europeo. El robo, la deshonestidad y el rechazo al trabajo honrado resultaron ser la quintaesencia de lo mexicano, que se explicó como resultado inevitable de un binomio: la geografía (el clima tropical) y la biología (la "degeneración de la raza"). Por un tiempo, esa equiparación entre lo mexicano y lo criminal fue un obstáculo a los empeños de las clases dirigentes por impulsar la modernización material del país vía la migración europea y la importación de capital.

El combate
La debilidad de la autoridad gubernamental del Siglo XIX, en particular de la policía, sólo atinó a buscar la solución del problema de la inseguridad en medidas de corto plazo: en la formulación de códigos legales cada vez más severos. El resultado fue que tanto conservadores como liberales marcharon de frustración en frustración hasta que la realidad política empezó a cambiar. En los dos últimos decenios del Siglo XIX la hegemonía liberal hizo eficiente el combate al bandidaje en gran escala, y el país pareció recuperar la normalidad perdida tras la guerra de independencia, pero el temor a las "clases peligrosas" se mantuvo.

Dura lex
El México independiente mantuvo el marco legal colonial para hacer frente al bandolerismo pero lo complementó con medidas provisionales que buscaron frenar un problema que creció hasta desbordar a todos los niveles de autoridad. Y ese marco legal se mantuvo hasta que en 1871 el gobierno de Benito Juárez pudo hacerle una revisión de fondo y ponerlo al día. En 1823, la creciente inseguridad en el vital camino México-Veracruz llevó a una escalada en las medidas temporales contra el crimen. Entonces se le dio poder al Ejército para arrestar y procesar a los salteadores de caminos. Los militares podían proceder directamente contra las cuadrillas sin necesidad de la intervención de un juez. En 1825 se abrió en la Ciudad de México una prisión exclusiva para salteadores, pero ahí el problema fue la venalidad de los jueces, de los carceleros y de todos los que podían lucrar con los prisioneros, que podían ser criminales reales o ficticios. En 1829 se permitió que la autoridad militar sentenciara directamente a los acusados de robo y bandolerismo a trabajos forzados, a ingresar a la Marina o a ser deportados a las Californias. Luego, los gobiernos de Bustamante a Santa Anna los forzaron a servir en el Ejército o, en los casos más graves, a que se les ejecutara en público, pero finalmente nada de eso hizo a México más seguro. El siguiente paso fue la creación de tribunales especiales, como los de Puebla -que se las tenían que ver con los bandidos de Río Frío-, y cuya función temporal se expandió en 1845 tanto en su duración como en su jurisdicción. La Constitución de 1857, en su artículo 23, impuso la pena de muerte para cierto tipo de bandolerismo, con lo que los liberales resultaron más duros que las viejas autoridades coloniales. El código juarista de 1871 mantuvo la pena de muerte aunque la limitó a los asaltos que resultaran en muertes, heridas, torturas o violaciones. Es más, ese mismo año, el Presidente suspendió todas las garantías para quienes fueran detenidos cometiendo secuestros o asaltos en los caminos. Y por si eso no fuera suficiente, se obligó a todos los propietarios rurales a reportar bimestralmente a las autoridades las actividades de bandolerismo en sus comunidades. Un estudio sobre los asaltantes enviados a prisión a mediados del Siglo XIX da las siguientes y nada sorprendentes características: hombres jóvenes de entre 20 y 30 años, de clase popular rural, analfabetas y casados. Las novelas de la época, producto de las élites ilustradas, dejaron muy mal paradas a las bandas de asaltantes de caminos -véase, como ejemplo, El Zarco, de Altamirano- pero los corridos, generalmente hechos por y para las clases populares, les presentaron bajo mejores luces, como héroes; Heraclio Bernal es un buen ejemplo.

El cambio
Fue durante el Porfiriato que el bandolerismo, aunque no el crimen, dejó de estar en el centro de las preocupaciones de las autoridades y la sociedad. El cambio se debió a que la unidad de la clase gobernante derivó en el fortalecimiento y relativa profesionalización del aparato de seguridad pública, en nuevos medios de comunicación -el ferrocarril- y el crecimiento de la economía. Sin embargo, en cuanto esa unidad de la élite se vino abajo como resultado de la caída del Porfiriato en 1911, el problema reapareció, aunque esta vez tomó menos tiempo -no menos dureza y represión- restaurar la unidad política y el orden. El nuevo régimen no sólo rehizo la cohesión política a un nivel superior al del antiguo, sino que, por primera vez, intentó atacar las causas sociales del crimen en gran escala. Sin embargo, al declinar el régimen postrevolucionario a partir de los 1980, el problema volvió a presentarse, pero esta vez con un rostro más duro, más brutal, más sádico. Hoy no se ha requerido de una nueva guerra civil para debilitar al gobierno, se está desmoronando desde dentro por su impericia, corrupción y rapacidad. Con el narcotráfico, la fuente principal de recursos de los criminales organizados ya no es la sociedad mexicana misma sino la norteamericana. Hoy ya no enfrentamos a "los caballeros del camino", como llamó el coronel Albert Evans en 1873 a los salteadores que observaban ciertas reglas de cortesía con su víctima; actualmente es común la tortura y la mutilación previa al asesinato. Sin embargo, se conservan rasgos centrales del pasado: muchos de los criminales antes fueron soldados o policías, siguen siendo jóvenes, reclutados de esas clases populares que carecen de educación y futuro. Su desprecio por la autoridad se nutre de las mismas razones del pasado y una parte de la sociedad plebeya gusta de los corridos que los pintan de manera positiva. La imagen externa de México vuelve a asociarse con la inseguridad y lo fuera de la ley. Finalmente, hoy como ayer, la represión es la respuesta favorita de la clase gobernante porque el cambio social se mantiene fuera de su visión. En conclusión, por lo que hace al crimen en gran escala y dispuesto a sostener su reto al orden establecido, pareciera que el México de hoy es el ayer y, en parte, por las mismas y añejas razones, superables sólo si se combinan la acción efectiva de la autoridad con la voluntad de cambio y el largo plazo.